No es que no me guste la guerra; es que le tengo mucho miedo, lo reconozco, viví los ochenta y los noventa en Medellín, recuerdo las bombas de Escobar, las campañas de 'limpieza social', los jóvenes de mi edad que caían victimas de una violencia absurda....
Recuerdo a sus madres como no entendían que se habían perdido tantos valores y ahora les había tocado algo tan duro como enterrar a sus hijos; la guerra en Medellín me alcanzó a tocar y por poco termina mis días el primero de enero de 1991; por eso no veo en la guerra ningún camino ni aprendizaje, solo veo vidas perdidas de jóvenes a manos de viejos poderosos, incapaces para negociar y escucharse.
Es muy fácil mandar a la guerra a campesinos sin oportunidades que no son de nuestra familia ni amistades, por la televisión no entra ese dolor.