En estos tiempos tan acelerados, inestables e inciertos, es agradable y necesario acercarse a un hoja en blanco, una pantalla de portátil y cualquier espacio propio que le permita a un ser humano común encontrarse consigo mismo y tener un poco de desahogo. Hoy, vuelvo a escribir después de algunas dudas pero por fin convencido de esta ‘válvula de escape’, como la llaman los psicólogos. Es precisamente la desesperanza e inseguridad de estos tiempos, elementos que enredan en el día a día, pero los que más requieren para ser enfrentados de un espacio como estos.
Hace dos días vi la película: ‘El secreto de sus ojos’, de Juan José Campanella; me identifiqué con el deseo del protagonista de contar algo, su lealtad con su grupo de colegas y su profesión y, sobre todo, con sus miedos y fragilidades; este filme trajo a mi memoria un cuento de Eduardo Galeano: la historia de los libros que a veces nos buscan; pero no solo sucede con los libros, con frecuencia existen objetos que parecen esperarnos. Por más que ciertas situaciones intenten cercarnos, siguen existiendo espacios, lugares, personas, que nos dan ese aire, ese impulso para continuar.
La película también trae ese aire argentino, esa arquitectura difícil de encontrar en otra ciudad latinoamericana, esa historia no contada en palabras pero sí a través de los lugares, que quizás, muchos de nosotros jamás conoceremos.
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