El la esperaba con algo de ansiedad, aunque había encontrado el mejor lugar para hacerlo; quería verla; no quería esperar más. Ya se había tomado el primer café, no quería provocarse un insomnio tomando el segundo. Le hizo la tercera llamada de la tarde y la cuarta del día; no sabía esperar, no era una de sus virtudes.
Quería verla...y abrazarla.
El lugar estaba encantador, poca gente, sillas con espaldar, básicos para dedicarse al ejercicio de la espera; música suave de fondo, buena iluminación y precios módicos, algo clave para este consumidor moderado.
El tiempo, que años atrás había sido amigo suyo, se había convertido en su verdugo: tantas cosas que quería hacer y tantos compromisos demandando atención y sobre todo acción. Tantas cosas en la mente que impedían disfrutar el instante.
Finalmente llegó, olvido el cargo de consciencia, pero tampoco pudo estar libre, no lo era y eso lo inquietaba. Cambiar el placer por el estrés no era buena negocio.
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