Por fin aceptó mi propuesta, esa chica que me atraía tanto, que había buscado abordarla de todas las maneras posibles, por fin había aceptado mi acelerada propuesta; ella, muy buena para los números, yo, también los apreciaba pero me quedaba sin campo de visión cuando me concentraba en el pequeño espacio que había entre sus dos senos; se me había convertido en una obsesión estar ahí, medirlos, acariciarlos, probarlos. Qué tal que encontrara que la distancia entre las puntas de sus dos pezones fuera una constante o tuviera alguna relación con ese pequeño punto que separaba sus dos senos?
Estaba totalmente obsesionado, lo admito; ya había iniciado conversaciones con ella y de manera discreta ella me había insinuado que me podría enseñar un seno; no contuve mi alegría, por fin iba allegar ese momento; corrían los años noventa y todo era felicidad para mi; una matemática me iba a brindar tal alegría.
Llegué corriendo a su casa, toqué la puerta y ella salió; muy amable me invitó a pasar. En un momento determinado me dijo: ya vuelvo. Apareció mas tarde con un libro; en un afán de optimismo pensé en alguna fotografía erótica o algo así....Por fin el misterio fué revelado, ella me mostró un seno, la función trigonométrica, yo hice silencio, ella me había tomado del pelo, esta matemática y amante de la física prefería a Galileo, Newton, Pitágoras y a todos los demás; mis pretenciones fueron diluidas y me llevaron al rincón de la soledad del adolescente: el baño de su casa.
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